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El periodismo en este país apesta

Un vagón cualquiera del metro de Barcelona. Un puto anormal agrede a una chica ecuatoriana de 16 años ante la mirada de otro viajero que, visiblemente asustado, no interviene. El suceso queda registrado por las cámaras de seguridad.

Al día siguiente las imágenes aparecen en todas las cadenas de televisión, la noticia en todos los periódicos. Todo el mundo busca al culpable. La chica parece estar muy afectada por lo sucedido y guarda silencio.

Aparece el culpable, que alega haber estado “borracho” durante el suceso y “no recordar nada”. Su actitud de gallito ante las cámaras demuestra que forma parte de lo más bajo de la escala social y está orgulloso de ello. Las cámaras lo graban mientras profiere amenazas y amagos de golpearles para después tomarse unas cañitas con los colegas en un bar. Está viviendo sus 15 minutos de fama y es feliz. Incluso concede un par de entrevistas, como un premio Nobel cualquiera. A nadie parece importarle nada, y mientras las cámaras registran todo absortas por no perder detalle. El morbo está servido.

Las imágenes del individuo empiezan a rodar por todos los platós y todo el mundo tiene algo que opinar al respecto. Los programas del corazón hacen su agosto particular a costa de todo el mundo, víctimas, agresores, testigos… hay para todos. Los telediarios siguen machacando sin contemplaciones con las imágenes. Nadie dice realmente nada, pero un puto cobarde que pega a niñas ya es famoso en toda España. No se sabe muy bien quién acusa a quién de qué, la fiscalía deja de acudir a un juicio. El acusado queda en libertad provisional. A estas alturas, sus disculpas suenan a pura chanza. La chica sigue sin presentar cargos, y al parecer está en tratamiento psicológico. Encender la televisión es contemplar un espectáculo vergonzoso.

La Ministra de exteriores de Ecuador viaja expresamente a Barcelona para seguir el caso. Hasta el presidente del gobierno entra al trapo para opinar, tildándolo de deleznable. La señora presidenta de la comunidad de Madrid, una tipa que tiene sus propios guardaespaldas y se mueve en coche blindado, aprovecha para ensañarse con el testigo, y tilda su “pasividad pasmosa” de “escandalosa” y “propia del nazismo”. El chico comenta que sus vecinos no paran de meterse con él. Mientras, las cámaras persiguen a la víctima, que acude al juzgado con un guardaespaldas, en busca de su ración diaria de morbo para alimentar a la masa sedienta de sangre. Hay demasiada audiencia pendiente de esto como para empezar a pensar en la ética o, peor aún, el sentido común.

Finalmente el juez dicta sentencia y ordena una orden de alejamiento de 1000 metros, no encontrando motivos para el encarcelamiento al no mostrar la víctima signos de shock post-traumático. El populacho pone el grito en el cielo, el último villano de la televisión ha quedado impune. El gobierno de Ecuador anuncia que tomará medidas y hará todo lo posible para que el acusado de con sus huesos en la cárcel. Se convocan manifestaciones contra el racismo. A la gente parece encantarle la idea de juntarse y gritar borregamente por cualquier motivo.

Ocho meses antes, y sin mayor pena ni gloria, un bastardo neonazi agredió y dejó tetrapléjico a un negro congoleño bajo gritos de “arriba España” y “eres un mono y tu sitio está en el zoo”. El hombre denuncia que su agresor sigue en libertad y que él ya no puede valerse para hacer nada, que su vida ha dejado de tener sentido. Por desgracia para él no hay vídeos ni imágenes de seguridad, ni siquiera un triste cani grabando por el móvil que lo suba a YouTube para regocijo de las hienas del corazón. Ningún morbo que vender. A nadie le apetece ver a otro negrito llorando en una silla de ruedas.

¿Qué hay en la tele?


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