Anacondo's place

The Anacondo man

Opiniones de un payaso

La vi llegar en la oscuridad. A la luz de la luna, el césped, escrupulosamente cortado, parecía casi azul. Junto al garaje ramas podadas que el jardinero había dejado amontonadas allí. Entre la retama y el acerolo, el cubo de la basura, preparado para la recogida. Viernes por la noche. Ya sabría a que olería la cocina, a pescado; también sabría qué notas encontraría, una de Züpfner sobre el televisor: «He tenido que ir a casa de F. con toda urgencia. Besos. Heribert»; otra de la muchacha sobre la nevera: «Estoy en el cine; volveré a las diez. Grete (Luise, Birgit).»

Abrir la puerta del garaje, encender la luz; en la encalada pared la sombra de un patinete y de una máquina de coser que ya no se usa. El hecho de que en el compartimento de Züpfner se encontrara el Mercedes demostraba que había ido a pie. «Respirar aire, respirar un poco de aire, aire.» La suciedad de los neumáticos y de los guardabarros revelaba que se había ido al Eifel, que por la tarde se habían pronunciado conferencias ante la Unión Juvenil («mantenerse juntos, luchar juntos, sufrir juntos»).

Una mirada hacia lo alto; la habitación de los niños también sin luz. Las casas vecinas separadas por entradas de vía doble y anchos perterres. Enfermizo el reflejo de los televisores. Es esposo y padre que regresa a casa resulta molesto igual que la vuelta a casa del hijo pródigo; no se sacrificaría becerro alguno, ni siquiera se asaría un pollo; se señalaría a toda prisa el resto de morcilla de hígado que hubiera en la nevera.

Los sábados por la tarde, cuando sobre los setos saltaban volantes, los gatitos y los perritos se iban corriendo, se devolvían los volantes, los gatitos –« ¡oh, qué monos!»– o los perritos –« ¡oh, qué monos!»– se devolvían por la puerta del jardín o a través de los claros del seto: había actos de confraternidad. En las voces se oía la irritación reprimida, jamás declarada personalmente; sólo de vez en cuando se apartaba de la curva proporcional y elevaba pinchos en el cielo del vecindario, siempre por motivos insignificantes, no por los verdaderos: cuando se rompía un platillo produciendo gran estrépito, una pelota quebraba flores al rodar, una mano infantil lanzaba guijarros a la carrocería de un coche, una manguera salpica ropa recién lavada o recién planchada, entonces gritan las voces que no pueden gritar por engaños, adulterios y abortos. «Ah, tus oídos son realmente hipersensibles; toma algo para combatirlo.»

No tomes nada, Marie.

La puerta de casa abierta: silencio y un calor muy agradable. Arriba la pequeña Marie está durmiendo. Esas cosas van así de aprisa: boda en Bonn, luna de miel en Roma, embarazo, parto: rizos castaños sobre un blanquísimo almohadon infantil. ¿Recuerdas cómo nos enseñó la casa y anunció con tanta vitalidad: aquí hay sitio para doce niños? Y como te mira de la cabeza a los pies ahora por la mañana, durante el desayuno, con el «Vaya» que no pronuncian los labios, y los sencillos correligionarios de la misma religión y adeptos del mismo partido exclaman después de la tercera copa: «De uno a doce, once.»

Corren murmullos por la ciudad. Has vuelto a ir al cine, esa resplandeciente tarde de sol has ido al cine. Y de nuevo al cine… y otra vez al cine.

Toda la tarde sola en el círculo, en casa de Blothert, no oyendo más que ca ca ca, y esta vez la segunda parte no ha sido nciller sino tólico. Esta palabra zumba en tus oídos como si fuera un cuerpo extraño. Suena a canica, y también un poco a absceso. Blothert tiene el contador Geiger que puede seguir el rastro de los católicos. «Éste lo es… éste no lo es… ésta lo es… ésta no lo es.» Es como cuando se arrancan los pétalos de una flor: me quiere, no me quiere, me quiere. Entonces los clubs de fútbol y los miembros del partido, el gobierno y la oposición se examinan según su catolicismo. Se busca como si fuera un distintivo racial y no se encuentra; nariz nórdica, boca occidental. Uno seguro que lo tiene, se ha devorado lo que tanto se desea, lo que se busca con tal vehemencia. El propio Blothert, guárdate de sus ojos, Marie. Concupiscencia tardía, ideas de seminarista sobre el sexto mandamiento, y cuando habla de determinados pecados siempre es en latín. In sexto, de sexto. Como es natural suena a sexo. Y sus queridos hijos. Los mayores, Hubert, de dieciocho años, y Margre de diecisiete, pueden acostarse un poco más tarde para que les sirva de provecho la conversación de los adultos sobre los católicos, el estado corporativo, la pena de muerte, la cual produce en los ojos de la señora Blothert una llamarada muy curiosa y eleva su voz a irritadas alturas en las que la risa y el llanto se unen de una manera sensual. Has intentado consolarte con el reposado cinismo izquierdista de Fredebeul: en vano. En vano habrás intentado enfadarte por el reposado cinismo derechista de Blothert. Existe una hermosa palabra: nada. No pienses en nada. Ni en canciller ni en católicos, piensa en el payaso que llora en la bañera, sobre cuyas zapatillas cae a gotas el café.

Del libro “Opiniones de un payaso“.

Heinrich Böll, Premio Nobel de Literatura 1972.


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